Cuando creé este blog tenía veintipocos años. Era una bollera de manual: los martes al Escape y los findes al Fulanita. Desde entonces han pasado unos cuantos años, para que os hagáis una idea, ayer le pedí al charcutero que me cortase el jamón york “finito”. Os cuento esto porque me habría gustado que en aquellos felices veinte alguien me hubiera dado un consejo: congela tus óvulos.

Si has aterrizado en este blog, seguramente seas lesbiana, y probablemente tengas menos de 30. Habrás tenido varias relaciones, por llamar de alguna manera a esos descensos al infierno de la mano de bolleras locas, y en lo último que estarás pensando es en sentar la cabeza y tener hijos. ¡Pues no te queda!

Pero lo que no sabes es que tu yo del futuro ahora mismo está llorando. Ha conocido a una chica increíble, tiene un trabajo estable y está muy ilusionada haciendo realidad sus planes de futuro, entre los que se encuentran un par de niños. Como ninguna de las dos seréis la virgen María, el papel del ángel Gabriel lo encarnará la Seguridad Social en el mejor de los casos, y en el peor (económicamente hablando) una clínica privada. En la primera visita os darán la primera hostia de realidad: a partir de los 35 años la calidad y la cantidad de óvulos cae en picado. Y tú pensarás “buah, si yo solo necesito dos…”. Pues es que no es tan fácil

mujer en desierto con bolsa de papel en la cabeza que tiene dibujada una mueca triste

Por resumir un montón de terminología médica, lo que hará que alguna de las dos os quedéis embarazadas son los óvulos. Cuanto mayores seáis, menos óvulos y menos calidad, y si tienen poca calidad, o no se llegan a fecundar, o se mueren por el camino o no se pegan a la pared del útero. ¡Ay, amiga! Y, si se pega, a rezar porque los óvulos viejos aumentan mucho el riesgo de enfermedades del bebé. 

Y esto en el mejor de los casos, no hablemos de problemas añadidos que prácticamente lo hacen imposible, como la endometriosis, los ovarios poliquísticos, y un millón de cosas que ni sé, ni quiero saber.

Voy a ilustrarlo con un ejemplo sencillo rollo dos trenes salen a la vez de Madrid y Zaragoza:

Tienes 37 años y tu novia 34. Como eres mayor que ella, quieres quedarte embarazada cuanto antes. Vais a la Seguridad Social y os dicen que hay una lista de espera de dos años, y cuando os llamen tendréis que pasar por seis inseminaciones antes de ir a la in vitro. Echáis cuentas y véis que la cosa se va a alargar mucho, así que decidís ir a una clínica privada. Decís adiós a vuestro sueño de comprar una casa con jardín y apoquináis ocho mil eurillos por una in vitro. 

Empezáis con el tratamiento para que te saquen los óvulos. Al ser mayor, tienes pocos óvulos y tienes que repetir el proceso. Otros tres mil euros. Finalmente, entre las dos veces han logrado sacarte 7 óvulos. Los fecundan y al día siguiente os llaman para deciros que, de los 7 óvulos, han podido fecundar 5. Ahora hay que esperar 5 días a que tengan la forma y consistencia perfectas para que te lo puedan implantar. Dos días más tarde, os dicen que de los 5 que fecundaron, solo 3 siguen con vida, y el mismo día de la transferencia resulta que de los 7 iniciales solo han llegado dos. Vais a la clínica para que te pongan uno de ellos, y la doctora os dice de la manera más empática posible que la calidad de los embriones es un poquito regu. Conclusión, el embarazo no cuaja y tenéis que pagar otros dos mil euros para intentarlo con el otro embrión que os queda. ¿Y qué pasa si tampoco cuaja? Pues a empezar de cero.

Y llorarás. Mucho. Y te acordarás de aquellas noches locas por Chueca, dándolo todo con tus óvulos jóvenes y sanos. Y pensarás en lo gilipollas y lo ingenua que eras pensando que nunca tendrías hijos porque las bolleras están locas y nunca encontrarás una normal con la que sentar la cabeza. Pero no te preocupes, que del drama se sale.

No hagas llorar a tu yo del futuro y congela tus óvulos. 

 

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